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  • anai82

El lengua inclusivo y el ejemplo de la Constitución española.

Cuando hablamos de lenguaje inclusivo, hablamos de una forma de hablar y escribir que incluya a todos los colectivos que, históricamente, no han estado tan representados. Esta nueva sensibilidad se puede ver en las diversas reformas que se quieren acometer, como, por ejemplo, en la Constitución española, de cara a que esta utilice términos que incluyan, entre otros, a las mujeres.



¿Qué es el lenguaje inclusivo? La RAE elaboró un “Informe de la Real Academia Española sobre lenguaje inclusivo y cuestiones conexas” que trata sobre qué puntos de la Constitución podrían ser reescritos para incluir a determinados colectivos. En dicho informe se expone el punto de vista de esta institución sobre cuál es el papel de la Academia respecto a los cambios en el lenguaje. Aporta, de hecho, claridad al decir:


“Los cambios gramaticales o léxicos que han triunfado en la historia de nuestra lengua no han sido dirigidos desde instancias superiores, sino que han surgido espontáneamente entre los hablantes. Son estos últimos los que promueven y adoptan innovaciones lingüísticas que solo algunas veces alcanzan el éxito y se generalizan. En estos procesos de innovación y cambio la Academia se limita a ser testigo del empleo colectivo mayoritariamente…”.


Considerando que somos los hablantes los verdaderos jueces a la hora de decidir qué palabras o expresiones tienen éxito, debemos distinguir entre el lenguaje político, que se emplea intencionadamente para atraer a un determinado colectivo, del lenguaje de la calle. Es muy frecuente escuchar en un discurso político: “Todos y todas”, por ejemplo. Este uso del femenino y masculino plural tiene una clara connotación política. En cambio, en la calle, es raro escuchar a alguien decir: “Los niños y las niñas de la clase de mi hijo/a…”; o “Mi madre y mi padre…”. Generalmente, (y sin pensarlo) decimos: “Los niños de la clase de mi hijo/a…”; o “Mis padres…”.


Algunos colectivos consideran machista no desdoblar el género, ya que opinan que no incluye a las mujeres. Proponen la terminación en -e de los nombres, adjetivos, pronombres, etc. Por ejemplo: les niñes o todes. Ciertamente, en determinados contextos puede ser acertado desdoblar el género si se busca un determinado efecto. Pero no hacerlo no es machista.


Como dice la RAE, el lenguaje es un reflejo de lo que mayoritariamente dice la sociedad. Y, cuando hablamos, generalmente, no queremos complicarnos mucho, ya que lo que nos importa es que el mensaje llegue cuanto antes. Esto se denomina economía lingüística. De ahí que digamos: “Mis hijos”, “Mis hermanos”, etc., y no: “Mis dos hijos y mi hija”; o “Mi hermana y mi hermano”.


Cabe también mencionar el concepto del masculino plural como forma inclusiva, cuando el contexto lo deja suficientemente claro, por ejemplo, cuando la Constitución dice: “Todos los españoles son iguales ante la ley”. Esto es así, ya que el masculino es la forma no marcada, mientras el femenino solo se refiere a las mujeres.


Este concepto es importante, ya que es la norma que nos hemos dado. De hecho, salvo cuando queremos expresar una connotación política, usar el femenino plural en un grupo en el que hay también hombres, sería dejar fuera a estos. La Nueva Gramática (2009) lo expresa claramente: "El uso genérico del masculino se basa en su condición de término no marcado en la oposición masculino/femenino. Por ello, es incorrecto emplear el femenino para aludir conjuntamente a ambos sexos, con independencia del número de individuos de cada sexo que formen parte del conjunto”.


Por otro lado, la RAE admite que hay planteamientos en la Constitución en que cabría el desdoblamiento de género para hacer más específico el texto. Por ejemplo: “Los padres deben prestar asistencia de todo orden a los hijos habidos dentro o fuera del matrimonio…”. En este caso, la Academia admite que podría ser confusa la interpretación al no incluir la palabra “madres”.


De la misma manera que algunas voces extranjeras han triunfados lingüísticamente hablando y se han quedado con nosotros por mayoría aplastante, como la palabra “bacon”, habrá que esperar para saber si con el paso de los años triunfa, por ejemplo, la terminación en -e como forma para masculino y femenino. Si esto es así, será por que habrá habido a lo largo de un tiempo sostenido un uso mayoritario de este morfema que justifique su integración en el lenguaje.

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